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miércoles, febrero 03, 2016

Amanecer



(comparto hoy un texto de junio de 2011, pero que me refleja tan plenamente hoy, justo hoy)

Es tarde o muy temprano. Es momento de plantearse si ir a dormir o recibir el nuevo día sin cerrar los ojos.
Hoy voy a dormir poco porque pude soñar mucho. Soñar de la mano de personas que estoy conociendo y que vienen soñando mis sueños desde hace mucho. Se hace tan fácil hablar con quienes uno siente sintonizando el mismo dial, compartiendo formas de navegar el mar, porque se quiere llegar al mismo puerto.
Y soy un agradecido al encuentro.
Me arrepiento de mis prejuicios, me retracto de mis miedos, me deshago de mis creencias sin criterio de realidad. Viene un nuevo tiempo. Viene avecinándose en mi vida desde hace mucho. Se sembró quien sabe hace cuanto pues la cosecha está cerca. Lo siento, lo creo y comienzo a verlo.
"Mi trabajo es creer, aferrarme a la fe, el trabajo de Dios es hacerlo"(Marcos Yaroide).

domingo, febrero 20, 2011

Un polaco, un argentino y una moldava (2da parte)

Me dijo que me sienta como en mi cuarto, (después de todo lo era, no?) y volvió a concentrarse en la maqueta que intentaba armar sin prisa pero sin pausa. Yo esperaba un caluroso saludo latino y hasta algo de charla. Él, siguió calmadamente pintando quien sabe que parte de tremenda construcción. Yo pensé para mis adentros: “que suerte la mía… nos vamos a llevar bárbaro!”. Lo cierto es que no tardé en apreciar la cálida distancia y la amabilidad sin pegoteo que caracterizaban a Daniel, debo decir que llegó a gustarme su estilo.

Uno de los primeros recuerdos que tengo de nuestra

amistad se dio en un almuerzo en el comedor del colegio que nos conectó desde un lugar casi cómico. Resulta que una profesora joven, tal vez de 30 años se sentó a compartir la comida con nosotros. No habíamos cruzado más que los primeros saludos cuando luego de un bocado asomó su amplia sonrisa, creo a razón de algo que había comentado Daniel. Sonrisa decorada con restos de ensalada en uno de sus dientes, debo aclarar. Instantes después nos mirábamos de reojo con Daniel que estaba sentado en frente mío con una inolvidable mueca de asco. Fue la primera conexión tácita que tuve con mi nuevo compañero de cuarto.

Con el tiempo nos sorprendíamos hablando y divirtiéndonos juntos. ¿Cuánto tema de conversación pueden tener en común un ingeniero en sistemas polaco con un Lic. en teología argentino? Se sorprenderían al descubrir cuanto! Pronto aprendería mis primeras frases en polaco y
Daniel practicaría su español básico legado de una ex novia centroamericana que sería largo explicar cómo había llegado a conocer. Y el tiempo siguió pasando.

Promediando un invernal octubre, abandoné Londres, esta vez sin confiarle mi partida a la desafortunada Varig. Daniel me despidió y ninguno de los dos sabía si volveríamos a vernos. La distancia duró tan solo 2 años, ya que poco tiempo después de mi partida, Daniel conoció a una atractiva moldava y decidieron casarse. ¿En quien pensó Daniel a la hora de oficiar la boda? En su amigo el argentino.

Viajé a su pueblo natal en Polonia en donde no solo casé a Daniel y Liuba, sino que gané el ramo de la novia junto con los aplausos de los invitados y la promesa de que pronto me tocaría el turno a . Me resultó embarazoso atrapar el femenino bouquet, sin embargo la tradición de esas latitudes no tuvo cuidado de mi vergüenza.

Emociones, sonrisas, fotos, traductores y cuando desperté, el momento se había vuelto un recuerdo.

Y una vez más allí estaba yo, volando de nuevo para Argentina y pensando en que la historia había comenzado con un viaje casi frustrado por una quiebra y una bienvenida poco amable de quien hoy es uno de mis mejores amigos.

Un polaco, un argentino y una moldava (1er parte)


Terminé mis estudios en el seminario de teología un caluroso febrero entrerriano hace algunos años. No quería saber más nada del ambiente religioso de mi comunidad, de presiones por parte de mi familia, de apariencias y disimulos que me resultaban agotadores. Deseaba irme y pensé en partir lo más lejos posible. Fue entonces cuando llegué a saber sobre la posibilidad de comenzar mi carrera profesional en Inglaterra dentro de un colegio con alumnos que provenían de distintas partes del mundo. Todos convivían en una especie de internado en el campus de la escuela.


Obtuve mi visa, me aceptaron en el colegio, calculé mis ahorros y fui a comprar el pasaje. Lo adquirí un martes y todavía recuerdo la emoción que sentí cuando salía de la agencia de viajes y sentí el olor del billete que acababa de ser impreso. Era puro aroma a nuevos aires, chau Bs. As.

Al otro día abrí el diario como de costumbre. Un informe a doble página auguraba un futuro negro para la otrora empresa de bandera Brasileña. Varig se acercaba a la quiebra y mis sueños de libertad también. Sería largo explicar como lloré frente a cada empleado de la compañía con el que pude hablar. El último de estos, pienso que entendió mi desesperación como la de alguien que depositaba en este pasaje mucho más que unas vacaciones. Me ofreció una ruta alternativa vía Alemania con conexión por tren hasta mi destino. El viaje me llevaría 31 horas. ¡Para ese entonces no me importaba que lleve seis días! Mis recuerdos de alivio curiosamente se entremezclan hasta hoy con la sensación de asco que sentí mientras sin pensarlo acaricié el reverso de aquel escritorio frente al empleado de Varig y comprobé la asquerosa presencia de secreciones nasales, más conocidas como mocos secos. No quiero saber quien se las arregló para dejar testigos pegoteados de su paso por allí. Desagradable recuerdo para tan agradable noticia.

Pasaron lo días y finalmente viajé. Después de las largas 31 horas de travesía llegué a Stanborough School. Me recibió el jefe del internado y con su acento entre portugués e inglés me condujo de buena manera y manteniendo el espíritu de bienvenida hasta el cuarto que compartiría con un tal Daniel, de origen Polaco que hacía 2 años que trabajaba en la institución. Tras abrirse la puerta con el todavía inolvidable sonido a bisagras secas, lo por primera vez. Apenas levantó la vista desde su escritorio para decir Hello. (continuará)

jueves, mayo 06, 2010

Roland Barthes


"Escribir. Señuelos, debates y callejones sin salida, a los que da lugar el deseo de ´expresar´ el sentimiento amoroso en una ´creación´ (especialmente de escritura)"

Roland Barthes (de Fragmentos de un discurso amoroso)


Según Barthes el significado no está dado por el autor sino más bien por el lector en un proceso de creación activa a través de su propio análisis textual. La apuesta se dobla cuando Barthes esgrime que un texto, para ser ideal, debiera estar abierto a una gran variedad de interpretaciones diferentes. A esto llama "texto reversible". Reversible, significando que éste brinda la posibilidad al lector de ser re escrito o “escribible” desde su experiencia creativa y no solamente “legible”, pues esta última categoría, coloca al texto en un lugar de donde no se puede obtener más que la interpretación que el autor propuso (o impuso).

Y en la tarea de escribir sobre el texto dado, terminé buscando en la variedad de interpretaciones la mía propia. Y esto terminaría llevándome al recuerdo de un sentimiento amoroso que fue literalmente escrito y se abrió paso desde lo literario. El recuerdo me llegó más o menos así:


Año, 2007. Lugar, Watford.

Creo que fue un domingo de septiembre. Estaba solo en mi cuarto y miraba desde mi abulia a través de la ventana. El parque se extendía verde y enorme bajo el sol que había despedido ayer y había recibido sin cerrar los ojos hoy. A mi costado y sobre el escritorio, la laptop continuaba encendida. El exilio completaba ya más de un año y la extraña soledad que me acompañaba se había hecho cotidiana.

Recobré mi vista perdida y la volví a la fría calidez de facebook.
Y la realidad, la bendita realidad, me trajo de nuevo a mi cuarto. No había mucho allí, solo un aparato de ejercicios que compré usado y usé poco; un armario lleno de mi vida desarmada y una pizarra de corcho como mi casilla de emails, aún vacía.

lunes, junio 08, 2009

“Você é sempre, você!”

Transcurría el caluroso invierno del año 2006. Me encontraba en el estado de Maranhao, bien al nordeste de Brasil. Hacía pocos meses que había concluido mis estudios universitarios y decidí pasar un par de años misionando. Así es que estaba trabajando junto a dos pastores en Barrerinhas, un distrito que contaba con 70 iglesias. El trabajo era enorme y yo estaba tratando de colaborar todavía con un portugués muy pobre. El clima no ayudaba ya que aun siendo invierno, las temperaturas variaban entre los 25 grados de noche y 35 grados durante el día. Para recorrer el territorio utilizábamos barco, moto cross y algún vecino que nos llevaba en su 4 x 4. Era una zona selvática, difícil de penetrar, con muchos caminos angostos, ríos, lagunas y arroyos que cortaban el paso. La aventura para mi era fascinante. Me sentía una mezcla de explorador y aventurero. Constantemente lograba distraerme de cuestiones existenciales y preguntas sobre el sentido de mi vida y especialmente sobre mi futuro como profesional. Casi parecía que no necesitaba plantearme estos asuntos que días atrás me tenían tan ensimismado.

Viví ese tiempo en la casa del pastor Mauricio. Al princípio no entendía mucho, ni sabía bien lo que comía, pero me dieron tanta hospitalidad y tanto afecto que todo se toleraba de buen ánimo. Pasaron los días y me hice amigo de la familia, especialmente de sus dos hijos. Emilie era la menor, una hermosa garota de 6 años de edad. Simpática, despierta y graciosa. Qué bueno era jugar con ella! Era mi compañera, a donde yo iba, ella iba también... bastaba mirar hacía atrás y allí estaba Emilie con su sonrisa picarona. Natán, su hermano, me buscaba pero con fines bien definidos: jugar al futbol, correr una carrera, ir a nadar o trepar un arbol. Pero Emili, parecía buscarme porque le gustaba estar conmigo, me encariñé mucho con ella y me enseñó las mejores lecciones de portugués.

Cierto día, por causa del calor y el uso del casco para andar en moto, decidí cambiar de look. Así fue que me hice cortar el cabello bien corto, tan corto que no tenía necesidad de peinarlo. También decidí sacarme la barba. Quedé bien distinto y hasta parecía menor. Cuando Emilie me vio, se largó a reír! Se reía con tantas ganas, que me tentó y comencé a reír con ella. Mientras se reía me dijo: “você... –jaja- tiro sua barba...-jaja-”! A lo que yo respondí: “Sim, agora sou outra pessoa!” Sin esperar un instante afirmó: “nao! você é sempre, você!”.

Você e sempre, você! Emilie me enseñó una lección ese día. Una lección que me es útil cuando las cosas en la vida no están en orden. Es cuando nos sentimos vacios de sentidos, frustrados con nosotros mismos y nuestra vida diaria, aburridos de batallar con problemas iguales, avergonzados de volver a pedir perdón por lo mismo, cuando estamos fragiles e incoherentes... Es allí cuando recuerdo el você é sempre, você!

Así es, sencillo y claro. A la vista de Dios, aunque no lo sintamos, aunque no lo merezcamos, aunque no tengamos cara para volver... Para Él siempre somos sus hijos. Y cuando un hijo vuelve Él hace una fiesta, aunque pensemos que lo único que merecemos es un castigo .

Cuando sintamos que la vida nos cambió, que las cosas nunca van a volver a ser como antes o que ya no hay vuelta atrás... hace bien recordar las palabras del padre al hijo pródigo (Lucas capítulo 15 en la Biblia). No importa cuanto hayamos cambiado a la vista de otros y cuan agenos nos sintamos a nosotros mismos, para Él (y para Emilie), você é sempre, você!



miércoles, septiembre 24, 2008

Recuerdos del mar...


A la orilla del mar dos amigos han terminado una semana que ha sido intensa y angustiosa. Hablan desde el corazón sobre casi cualquier cosa.
Entre pausas observan en silencio las olas que mueren a pocos metros, en la playa...hacen de coro al sol, mientras este se esconde en el horizonte. Uno de ellos abre un viejo himnario y comparte la lectura de un himno ("Quiero Jesús contigo andar").

Aquel antiguo himno se convierte en un oración cantada por dos a la orilla del mal que baña distantes orillas de la Patagonia argentina.
Y los minutos pasan y las olas siguen rompiendo y algunas toninas asoman comprobando que el sol se ha ido...
Dos hacen historia de a tres. Y Uno mira del cielo y sonrie, porque SOLO la fé los seguirá manteniendo en aquel lugar hasta que el verano acabe y sea tiempo de volver a ser cómodos y despreocupados estudiantes.

Gracias Oscar por los veranos que pasamos lado a lado remando en la misma dirección.

domingo, septiembre 14, 2008

Las caras de mis días...

Él se llama Sergio. Su apellido es de origen indio y tan dificil que no lo recuerdo. A la puerta de su casa autos de lujo se acomodan junto a su Harley Davidson. Me vió mientras caminaba a sacar la basura y me preguntó que hacía... comenzamos a hablar.Sergio con sus 50 años tiene una sonrisa con ventana entre los dos dientes que parece dejarte ver su alma. Gente buena, pero buena en serio. Me escucha y luego me comienza a contar su vida. Ayer drogas, errores, dolor y carcel. Hoy, familia, éxito, ganas de ser la mejor persona que puede ser cada día y de hacer bien. Más de una hora hablando... me despido y encontrarme con él ha sido lo mejor de mi día.

Ella es menuda y arreglada. Simpática y sonriente. Coqueta y fina. Se llama lola y habla un español con acento entre ecuatoriano y americano. Me cuenta de su vida, hasta que yo le comienzo a contar de la mía. Hacía 30 minutos eramos dos desconocidos y yo tocaba a las puertas de madera lustrada en su casa de Texas. Ahora, nos mirabamos de frente y con sus 70 y pico de años (que no se notaban) me habla con un corazón lleno de la sabiduría que le dio la vida. Vivió en Arabia, Alemania, Ecuador, España y ahora USA. En otras palabras y en sus palabras, se veía que realmente había VIVIDO.
Y le escuché sus consejos, y le conté de lo mio... y me sentí a gusto.
El fin de semana siguiente estaba comiendo asado con su esposo, hijos y un amigo que había peliado en la segunda guerra mundial. Hubo historias, anecdotas, risas y cantos al compás de su guitarra. Y Lola me saludó al final de la velada con cariño... Cariño que floreció luego de una tarde compartida sentados a la sombra e ignorando el calor Tejano.

Y hay gente tan buena por allí y por aquí. Y hay gente que te hace tanto bien...


Gracias Sergio, Gracias Lola.

La capilla


Cloudcroft, New Mexico, USA.

Promedia Septiembre y estoy entre medio de montañas en una capilla rodeado del silencio. La luz de la luna dibuja la silueta de las montañas recortadas de pinos que rodean a este valle.
En mi mente se arremolinan mil pensamientos. En mi corazón, un sin fin de sentimientos... soy un mar de recuerdos y una colección de sueños. Y soy tantas cosas que me cuesta SER... y ESTAR simplemente en este momento... Momento que no vuelve y sin el cual el tiempo de mi vida permanecería incompleto. Y me cuesta estar aquí, y descansar siendo... transcurriendo... durando... por un rato, una pausa, un recreo... antes de volver a la ciudad, al día a día, a la inconciencia automatizante.

Y Dios se hace tan claro, tan cercano, tan DIOS en este instante. Y en el medio de mis angustias seguramente es Él quien me recuerda que el 14 de Sep. de 2008 no volveré a vivirlo nunca más. La chance de esculpir un recuerdo que honre la memoria de la vida que estoy tallando es ahora.
En el medio de las montañas y en el valle, esta capilla le da lugar a ESTE momento de mi vida.

Pensar algo... y saber algo

8:40 am. Aeropuerto internacional de Brasilia.

Esperaba el vuelo de Varig a Buenos Aires mientras mi vista saltaba entre mi reloj y el libro que tenía entre manos. Parado inquieto al lado de los estantes de aquella libreria, me llamó la atención aquel título "Mentiras en el altar". La autora prometía hablar no de lo que pensaba, "sino de lo que sabía". Me dejo pensando... me proponía un libro que no hablaba desde la teoría (que no le faltaba al chequear su curriculum) sino desde lo que le había enseñado la vida, desde lo que había aprendido caminando por las calles de los sentimientos y las relaciones. Y no se enorgullecía de los fracasos que "tanto le habían enseñado", sino que se disponía a abrir con sinceridad un dialogo con el lector, dialogo desde lo que SABÍA, no desde lo que pensaba.

Nada... me dejó pensando. Pienso mucho, sé bastante poco.

Y miré el reloj! Y fuí el último en entrar al avión. Casi lo pierdo...

lunes, abril 21, 2008

Puesta de sol en Sudáfrica...


Levanté la vista hacia el horizonte. El sol se estaba ocultando lentamente tras las montañas. Con satisfacción me dije a mi mismo: “Que bueno al fin es sábado”. Nerviosismo, responsabilidades, problemas, compromisos... todo parecía lejano ante la suave paz y esperanza de descanso que el sábado ofrecía.


Llegó la hora del culto y todos nos dirigíamos al “Anderson Hall”. Nuestros hermanos sudafricanos se caracterizan por su fervor en la alabanza. Un culto al que todavía no lograba acostumbrarme del todo, aunque confieso disfrutaba. Entré al salón y mientras escuchanba el servicio de cantos, recordé cuán lejos estaba de casa. Por un momento me sentí extraño. Lejos de mi país, mi idioma, mis amigos... miles de kilómetros y un océano de por medio nos separaban. Tal vez, lo que más me afligía no era todo el tiempo que faltaba para volver a casa sino el océano de dudas y preguntas que me distanciaba de Dios, “¿Por qué hay tantas cosas que no entiendo?, estoy confundido” me repetía.
Absorto en mis pensamientos, y ya sentado, repentinamente llamaron mi atención. Alguien desde el frente había dicho “feliz sábado”. Miré sorprendido al orador de esa noche que se presentó y dijo haber nacido en Argentina, razón por la cual saludaba en castellano. Apenas terminé de escuchar el sermón, el cual disfruté mucho, fui presuroso a saludarlo.

Hablamos un buen rato y me invitó a que lo acompañara al día siguiente en el comedor de “Helderberg College” (colegio en las cercanías de Ciudad del Cabo, Sudáfrica). No sabía que ese habría de ser un almuerzo para no olvidar. Es que no he conseguido olvidar a Humberto.

La mañana de sábado pasó junto con sus cultos. A la hora de comer y allí estabamos conversando con este nuevo conocido. No lo pude evitar, y la conversación giró en torno al momento difícil que estaba pasando como cristiano y como persona. Le conté a Humberto cómo extrañaba el hogar, el país y como, a esto, se le sumaban las dudas y la confusión que me afligía.

Sucedía que apenas había empezado la carrera de teología y mi mente, que tiempo atrás había tratado de controlar o silenciar; ahora no me dejaba tranquilo. Necesitaba respuestas, ayuda, claridad, esperanza, algo faltaba. Humberto me escuchó pacientemente y con interés contestó mis preguntas. Trató de ayudarme con cariño. Recuerdo sus canas y su rostro amable mientras pronunciaba palabras que aún atesoro en mi corazón. Cuánto alivio me trajo su paciencia y su simpleza profunda. No parecía molestarse o sorprenderse con lo que le planteaba. Más bien parecía entender…

No obstante, había algo que yo no sabía acerca de Humberto, algo que supe apenas al final de la charla que mantuvimos por varias horas esa tarde soleada de sábado. Lo que no sabía era que Humberto se apellidaba Rassi y que era el director de educación del sistema Adventista a nivel mundial.

Hacía tiempo que estaba orando por ayuda. Esa semana me había sentido muy mal y le preguntaba a Dios hasta cuándo debería esperar. El Señor que se toma tiempo pero nunca llega tarde vio que el momento había llegado.

Teología no es una carrera fácil. A menudo pensamos que si nos esforzamos y estudiamos mucho vamos a obtener respuestas a casi todos los interrogantes. Hasta incluso podemos pensar que algún libro no leído, o algún profesor no consultado tiene la respuesta que buscamos.

Tal vez no sirva disociar la fé de la razón. Igualmente, tampoco sirve olvidar que necesitamos tener “puestos los ojos en Jesús, el autor y consumado de la fe” y aceptar que “las cosas secretas pertenecen a Jehová nuestro Dios, mas las reveladas son para nosotros.”(Heb. 12:2; Deut. 29:29).

Desearía que la esperanza triunfe sobre la desesperación y la fé prevalezca sobre la duda.

Frente a cada dificultad y cada interrogante aun no resuelto quisiera decir como Pablo “¡Oh profundidad de las riquezas, de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos!” (Rom.1:23). Desde mi necesidad digo: Amén!

domingo, marzo 23, 2008


/Brasilia, Núcleo Bandeirantes, Zona de Mansões (Lote 14-15), DF/

Medio día, sol completo. Soledad, viento y silencio. Yo corría, el buscaba. Uno escapaba al sobrepeso, el otro al hambre. Uno vivía en la calle de la zona de mansiones, el otro solo en la calle. El que corría a la hora del almuerzo saludó al que revolvía entre lo que otros habían dejado, con el fin de almorzar.

Por un momento los dos se miraron y se regalaron un amable -"Como
vai? tudo bem?"- Sonrisas de por medio, y momento terminado. A la vuelta y todavía al trote, volví a cruzarlo. Ahora él sentado, carrito con lo suyo de lado y diario en mano. Al acercarme nos extendimos la mano y luego del apretón, siguió la charla. Hacía casi el mismo tiempo que ambos habíamos llegado a Brasilia. Noté que en su pobreza no había lamento. Aun era capaz de sonreir.

Me sentí identificado. Ambos habíamos salido buscando, yo paz, él sustento. De alguna manera, ambos estábamos solos y encontramos en nuestra soledad uno que nos acompañaba en nuestro camino. En su apretón de manos, sentí la no vergüenza por su condición. Esas manos que habían estado revolviendo la basura para sobrevivir, ahora se estrechaban en las mías. Me sentí en frente de mi hermano. Eramos iguales, dos que buscaban y que por unos instantes, al costado del camino, compartían un descanso en esta búsqueda que agota en soledad. La charla no fue profunda, no obstante fecunda.

La lección me acompaño todo el día pues Pedro (así era su nombre) no se avergonzó de extenderme la mano en señal de amistad y respeto. Yo me sentí honrado de apretarla, en señal de aceptación y bienvenida.
Me alejé contento de haberlo encontrado.

No creo que ya me recuerdes. Igualmente, gracias Pedro!