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martes, junio 07, 2011

Me río!


A mi derecha las olas rompen rítmicamente contra la costanera. A la izquierda la avenida Aeroparque... cargada, muy cargada. Abajo mis piernas que se mueven paralelas, a tiempo y alternándose sin que yo tenga conciencia del esfuerzo. Es que mi conciencia está diluida en el horizonte, entre el brillo encandilante del sol sobre la cubierta del Río de la Plata y el horizonte de mar.
Buenos Aires despierta y se vuelve ruidosa. El río le hace compañía. Compañia sin contaminarse de sus ritmos y sus ruidos. Está simplemente a su lado. Eso es todo lo que hace. Y Bs As no sería lo que es desde su historia y su presente sin el río y su puerto. No habría porteños y arrabal, lunfardo, milonga y tango.

Me gusta el río... acompaña sin contagiarse. Esta presente sin exigir. Transmite solo a los que sintonizan. Mi música descansa en Stop, el aire vuelve a ocupar mis pulmones y dejo el ritmo de mi entrenamiento para descansar con el río.

Y claro, me son-río.

(La foto de este post la tomé esa misma mañana)

domingo, agosto 15, 2010

El tiempo dice; y cada hora guarda su infalible voz


Las páginas se niegan a ser escritas y se ajan de relecturas. Hoy es Sábado de tarde, las horas dicen poco, más bien recuerdan mucho. Antes de mi llegada, sus manos intercambian el control por el celular y el celular por el control. Uno y otro van y vienen en sus manos que se pausan para acariciar el apoya brazos de mimbre. Con sus movimientos dejan escuchar los quejidos del sillón chocolate. Abro la puerta y la encuentro débilmente alumbrada por la parpadeante claridad de la pantalla. En la penumbra me recibe prendiendo su sonrisa de mueca picara y disimulada.

Su sonrisa es hermosa. Sus manos también lo son. Con ellas tejía en otro tiempo. Tejió prendas y planes. Días y sueños. Platos y postres. Ama tejer, pues para tejer se necesita amar. Dos agujas, diseñador y modelo, compartir y quien comparta, todo en el tejido es múltiplo de dos. En el punto hay trama, en la trama forma y en el arte de crear, una persona que recibirá un regalo. En cada paso del proceso se niega la soledad.

Y hace un tiempo que con valentía ella enfrenta el estar sola. Y cuando atino a irme, y le tomo una mano, comienza a salir la charla que no podíamos escuchar mientras la TV hablaba. Y me doy cuenta que la tercera edad, debería ser de primera. Y tal vez lo es, cuando una abuela te hace entender que para llegar bien hasta allá, no es indispensable el estudio, el trabajo o el éxito profesional, pero sí lo es tener el corazón lleno. Tan lleno que sufra extrañando otros tiempos. Sufra y se vuelva a llenar de ellos cuando por medio del relato se re-crea en los oídos de un nieto y una familia que escucha.

(A mi abuela María)

domingo, junio 06, 2010

La carta de Sofía


...Me entregó la carta manuscrita y en hojas rayadas. La tinta era negra y la caligrafía prolija y entendible. En el sobre mi nombre y título profesional, en sus labios la indicación de leerla a solas y rezar. Prometo hacerlo.

Sofía escribe bien. Organiza las ideas en forma cronológica, interesante y llevadera. No me costó más que unos minutos recorrer las 9 carillas de historia y sentimientos.
Decidió escribir, porque, según ella, la ayuda a sentirse mejor, le saca un peso que lleva en el pecho. En la carta me cuenta especialmente como fue su último día con Carlos. Relata las horas previas a la extraña sensación que precediera al accidente cerebro vascular. Carlos no tiene más que 40 y está hoy en la unidad de terapia intensiva, a pocos metros de donde escribo. Su vida pende de un hilo.

Los médicos bajaron el pulgar y la familia de Carlos se ha ido a hacer los preparativos necesarios para lo inminente. Sin embargo, allí está ella.
No deja su lugar pues dice tener temor de no estar cuando él decida partir. Penélope esperando un milagro a contracorriente. Julieta desafiando el destino de su Romeo.
Y la magia de la fé envuelta en amor se acomoda a pocos metros míos, mientras me pregunto como comenzaré mi rezo para cumplir con la promesa que le hiciera minutos atrás.

martes, mayo 25, 2010

"Jugar a buena"

Hace solo dos pares de días que con un gran tipo, que se hace llamar el "mago pollo", estuvimos en las habitaciones de la clínica en la cual trabajo. Visitamos pacientes terminales y otros a punto del alta; adolescentes y ancianos; simpáticos y amargos. Visitamos tristezas y esperanzas.
Las enfermeras se divertían con los trucos, las chicas de limpieza se sorprendían con cara de niñez y los rudos muchachos de mantenimiento colgaban los guantes y desempolvaban el mameluco para el recreo. Por un rato, desde director al personal de maestranza volvimos a ser niños para dejarnos sorprender por la alegría de no entender y reír de asombro.

Y luego, mientras hablábamos un rato, mientras pasaban despedidas y secretos por nuestra charla, el se tomó un momento más para compartir algo. Mientras le preguntaba como hacía para mantener la "buena onda" ante espectadores que se empeñan en dudar de todo, esos que tratan de persuadir a otros de que no crean en la ilusión y de que no disfruten, él me contestó:

"Viste cuando uno juega al paddle, o a lo que sea y le decís a tu compañero -che, jugamos a buena?- Es como cuando le pedís al otro y vos te sumas a la idea de no tirar pelotas a matar, a no jugar para ganar sino para pasar un buen rato. Son esos juegos en que la pasas bien y hay más tiempo para reírse y compartir. Yo trato de "jugar la vida a buena..." A veces sale, a veces no. A veces tenés un contrincante que no te lo permite y en su desesperada carrera, mientras se mata, quiere matarte. No te enganches. Jugá a buena, la pasás mejor"

Y se tenía que ir, y yo, lo acompañe hasta al entrada y le dije, "Gracias".

Hay gente que vive haciendo magia, cuando se sube al escenario por supuesto, y aún más, cuando las luces se apagan.

http://magopollo1.blogspot.com/

miércoles, abril 14, 2010

solitario


Me dejé caer cansado y cómodo a la orilla de la mesa. Respiré profundo y pausado. Luego, preciso y despacio cebé el primer mate amargo. Lo dejé sobre la mesa mientras todavía humeaba y estiré el brazo hasta el mazo de naipes. Las cartas caían una a una sobre la mesa deslizándose sobre un colchón de aire, hasta frenar luego de su corto trayecto. Cuando comenzaban a acomodarse una sobre otra en hileras verticales una idea comenzó a madurar.
Hoy para llegar del trabajo alguien condujo el colectivo por mi. La ropa con la que me vestí por la mañana fue fabricada y diseñada por alguien al que yo no conozco. Lo que desayuné y lo que voy a almorzar fue cultivado, luego transportado, comprado y preparado por otras personas a las que les debo el poder alimentarme. En toda mi vida no he sido capaz de rascarme a donde no llego en mi espalda, proporcionarme un abrazo, darme un beso en la mejilla o susurrar un secreto en mi propio oído. Todos estos son regalos que he recibido de otros. Creer que no los necesito se me hace una irrealidad tan inverosímil como cuando mi hermana creía de chica que a sus muñecas les dolían mis maldades.
Al fin y al cabo los únicos lugares en que estamos solos son el canal de parto y el ataúd. Esos sí son dos lugares diseñados solo para un cuerpo! Y que bueno que el primero lo ocupamos solo un rato y del segundo ni somos conscientes. Entre medio de estos lugares siempre estamos acompañados. Así pensaba que la ilusión de que somos independientes y de que solo nos necesitamos a nosotros mismos, parece no coincidir con la realidad de todos y cada uno de mis días.

Al volver a la mesa, caigo sobre mis cartas y el mate me espera frío. Y mi juego de solitario se queda inconcluso, como mi soledad que ahora parece escena de otro cuento, porque en el que sigue estoy caminando por Santa Fé hacia la parada del 152. Pasan 8 minutos, subo y pido
-Hasta Corrientes y amigos por favor-
-$1,25- me contestan.
Yo, sonrío.

viernes, abril 02, 2010

Ella


Bastaron 5 cuadras, 2 paradas y un 113.
Bastaron 3 miradas, 1 sonrisa y 100 rizos de oro. Yo me enamoré.

Ella pelaba su palito de la selva, primero el lado de arriba, luego el de abajo que ahora estaba arriba.
Sus pequeños deditos y uñas no dejaban de tirar. Toda ella, intentaba despegar el papel con cara de concentrado esfuerzo.

Y me miraba, y nos mirábamos. Y yo sonreía y ella se avergonzaba. Y cuando se dio por vencida con el caramelo, suspiró profundamente y me miró.

Yo suspiré también, profundamente.

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Y la vida por esos tiempos era simple, y un viaje en colectivo de casa a la escuela bastaba para sacar el corazón de paseo.