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sábado, abril 16, 2011

Playa invierno (3ra parte)


Y los momentos como sucesiones irrepetibles en el espacio del tiempo no pueden dejar pasar a este. Pues este no es uno, sino que este es El momento. Es que este momento tiene que ver directamente con lo que él (no el momento, sino por el contrario él en este momento) ha dejado de significar.

Hoy Paula se ha parado sobre sus dos pies.

Luego de estar acostada y dormida durante la noche, descubre que despertar no siempre es tan incómodo. El sol es claro y luego de acostumbrar sus pupilas al día, la duda de la penumbra no dice presente. Ya no sabe cuál es el camino, lo que sabe es que no estaba transitando ninguno que la lleve a encontrarlo.

Hoy Paula se ha parado sobre sus propios pies. Pararse sobre sus propias piernas es parecido a la sensación de recordar que con la única persona que tiene la absoluta seguridad de levantarse y acostarse todos los días de su vida, es con ella misma, nadie más. Realidad que encuentra su corazón diferente pues él se ve diferente hoy. Él lucia indestructible, completamente entero, más allá de cualquier vulnerabilidad.

Hoy no.

Hoy sí.

Hoy sí puede pensar. Hoy puede decidir y decir lo que decide. Secar sus lágrimas y dejar el exilio. Sí, dejar el ex-ilio. Dejar al ex y a su lío.

De aquí en más, la historia no se cierra, se abre. Y todo aquel que ha pasado por principios y finales entenderá que no puedo más que dejar abierto este final. Libre. Completamente librado a su propio azar. Enteramente ajeno a estas letras y completamente vivo, como cada día que Paula ahora vive parada sobre sus propios pies. En sus pies no hay arena, ni olas, ni playa. Ya no es invierno.


FIN

miércoles, marzo 23, 2011

Playa invierno (2da Parte)

Sienten grande el privilegio de hablar cara a cara. Privilegio que antes tenían solo algún fin de semana por mes. Estando juntos se han sorprendido al encontrar lo que solo asoma cuando se comparte lo cotidiano. Descubrieron que tienen asco a cosas parecidas, como lo son encontrar restos pequeños de bizcocho pegados a la bombilla de alguien que acaba de tomar del mate y especialmente, respirar el olor a grasitud en el cuerpo de quien se ha parado delante mientras se sube una escalera mecánica. Sin embargo Paula guarda un asco que no comparte, uno muy personal. Ella imagina que el olor de un colchón usado se debe a cierta incubación de mugre del tipo "fermentativa" dentro del mismo. Tiene la fantasía de que la suciedad de “quien sabe que detestable individuo que puedo haber hecho uso del mismo” es capaz de poseer al objeto. Ahora el colchón usado es entonces víctima de un hechizo del que nadie puede librarlo. Quien haga uso del colchón se expone a la maldición por causa de la cual, se suele sentir en el cuerpo un cosquilleo hormigueante de insectos que trepan comenzando por las extremidades. Es un hechizo que puede llevar a la posesión que tendrá por víctima al indefenso durmiente y por victimario al demonio de las suciedades nocturnas. Pronto descubrirá que este asco compite muy de cerca con el olor a sucio de quien está por delante en la escalera mecánica. “Por qué no se bañan”! suele exclamar en voz baja mientras dura semejante inconveniencia.
Sus ascos están tan profundamente arraigados, que se pregunta si todo esto se debe a alguna situación no resuelta de la niñez, cuyo efecto ha constituido una formación reactiva, de calidad inconsciente, que atormenta su psiquis. Nunca ha llevado semejante tema a
su análisis, pero en ciertas situaciones se plantea si no debería hacerlo.
Hoy lee en uno de los libros de su autor preferido:
Yo no creo en las fórmulas fantasiosas o en las excursiones históricas para adentrarse en tu pasado personal y descubrir que el "paso de los pañales al retrete" fue hecho en forma torpe y brusca y que otras personas son las responsables de tu infelicidad.
La cita la absorbe completamente. Su significado ha disparado una serie de memorias y fantasías de sus primeros años de vida. Ahora parece entenderlo todo. No lo puede explicar, pues la sensación es tan clara que asusta, tan lúcida que no puede acatarla. Vino a buscar sol y sigue remando lunas. Partió divisando un horizonte y hoy solo camina callejones de regreso a donde siempre a estado. No todas las playas son lo que parecen, y en esta, aunque playa, habita el invierno.
Se enoja por la ironía de la vida que cachetea violenta su realidad y no quiere estar pasando por esto


¡No quiere!
Mientras piensa, un cover de Glee suena de fondo “La vida muchas veces no es lo que queremos, sino lo que necesitamos…”
No quiere estar allí, playa invierno es poca playa, es poco sol ¡Para septiembre falta mucho y ella ha decidido primavera hoy!
El momento ha llegado (continuará)

lunes, marzo 21, 2011

Playa invierno (1er parte)


Paula observa los carteles que señalan el nombre a cada calle mientras el taxi atraviesa la ciudad. Está lejos de casa, el viaje que acaba de terminar hace este hecho más patente.
No le gusta lo que ve, o no ve lo que le gusta, no lo sabe aún. ¿Qué hace ella aquí? Tenía un excelente trabajo. Desde su oficina podía ver el río y el Yatch club de la acaudalada clase alta de la ciudad. Desde su departamento la vista incluía los edificios más imponentes y los parques más hermosos de la capital. El paisaje es otro hoy, y se siente extraña.

No quiere estar allí.

Su elegante figura que viste a la moda de la capital no parece encajar con la provincia. De buen gusto, exigente y dulce, intenta ser cortés con el conductor que escucha chamamé todo el trayecto desde la terminal hasta el edificio en donde se ubica su nuevo hogar. Intenta convencerse de que no puede quejarse de todo. Está empeñada en reservar sus sentimientos, por lo menos por ahora, para sí. Casi no dice nada.

Los días pasan.

La cocina se tiñe de verde manzana en sus detalles. Paula adora el verde manzana. Al mirar como su apartamento toma el color y la personalidad que la refleja, le ha hecho sentir algo de alivio. Cuando siente que ha arriesgado mucho en este cambio de vida que la ha llevado a viajar, vivir y trabajar lejos; busca consuelo en Dios. Es creyente, y más creyente que religiosa. Está convencida de que la fé y la religión no son exactamente lo mismo.
No se ha dado cuenta y está otra vez divisando el horizonte. Puede ver desde el piso 12 como la tierra encuentra su frontera poco antes de dar lugar al río Paraná. Trata de prologar estos instantes en donde algo interno se acomoda en silencio, poniendo un límite a la incertidumbre que últimamente galopa fuerte.

Martín vive del otro lado del río, y ahora pasan más tiempo juntos. Él es el motivo del nuevo comienzo en playa invierno. (Continuará)

lunes, enero 03, 2011

¿La carta o el sobre?

Sentí un alivio infinito, como si ese pequeño sobre apaisado sobre mi cama fuera el talismán que quebraba terrible día de pesadilla.

Me llamó menos la atención el color que el perfume. El color: celeste anémico que algún tiempo atrás, en el momento de comprarlo pudo haber sido algo así como un lavanda. Me llevé el sobre a la nariz. El perfume (una mezcla de papel, nicotina y

chicle Big Red de cinnamon) no hacía juego con el color del sobre, con el momento que vivía ni con parte de las huellas (tal vez del cartero) que se encontraban ensuciando "mi" sobre. Lo sentí muy "mío". Pues ahora lo era, después de todo tenía mi nombre escrito en letra mayúscula y prolija, clara evidencia de que había sido preparado con la paciencia y la premeditación necesarias. Preparación que lo convertiría desde el momento de enviado en mi futura propiedad.

No había remitente.

Miré el sello del correo, leí "Tucson, Arizona".

Para entonces, la toalla que circundaba mi cintura y las gotas que todavía colgaban de mi espalda me incomodaron. El verano a esta hora del día no conseguía evitar el escalofrío. Eso sí, mi curiosidad logró disuadirme de dejar el asunto para después y con medio sobre abierto descubrí que tenía la carta y un par de fotografías ya en las palmas de mis manos. Pestañé varias veces, la letra no me dejaba lugar a dudas. Pero las fotografías contradecían todas mis expectativas...

martes, noviembre 10, 2009

Gustavo y Gustavo



José Luis (Pepe) no sabe qué hacer los días lluviosos, no sabe qué hacer los días ventosos, no sabe qué hacer los días soleados. José Luis no sabe qué hacer con sus días. Lo diario parece pesar al igual que su portafolios de cuero gastado en donde lleva una inmensa cantidad de papeles. Hojas dobladas suelen asomar por algún
cierre a medio cerrar del maletín, dobladas como su figura, longilinea y delgada. Usa bufanda roja que hace juego con el marco de sus anteojos colorados. La primera disimula el bigote frondoso el segundo su prominente nariz aguileña. Si se presta atención no cuesta encontrar una cicatriz en la parte posterior de una de sus mejillas distrayendo la vista de su sonrisa picara. Trabaja todavía en la misma escribanía en donde hace 43 años comenzara “temporalmente”.
Ya son 54 las mañanas que lleva contadas. No supo y no sabe cómo se hace. Esto de
tener un hijo defendiendo a “la patria” lo tiene inquieto y desconcertado. Olvida las
direcciones a las que está yendo a dejar papeles. Confunde las calles y olvida bajar
del colectivo en la parada señalada. Algunos lo desconocen, no es el “Pepe” simpático
y porteño, de esos que con su histrionismo y amabilidad se ganan el cariño de clientes
y compañeros de trabajo. Estas últimas semanas lo han cambiado. El está aquí, su
hijo está allí. Su hijo Gustavo es su “único” hijo. En pocos días más cumplirá los 32
años. Hoy es un oficial en combate del ejército argentino. Hoy está en Malvinas, José
Luis aquí, o mejor dicho también allí. No hay día en que no rece antes de dormir y se
acueste soñando con verlo regresar. Ojalá pudieran festejar el cumpleaños juntos.
Ayer ocurrió lo inesperado. No sabemos bien como llegó hasta el hospital, pero
cuando abrió sus ojos se encontraba en la unidad de terapia intensiva del Argerich,
apenas a unas cuadras de su casa. Quiere hablar pero no puede, quiere moverse pero
apenas consigue sentir su lado izquierdo. Su diagnóstico tiene 2 de las letras del canal
en que su televisor ha estado clavado por estos últimos días, ACV.
Ante la noticia Gustavo, su hijo, es enviado de regreso a casa. José Luis es la única
familia que le queda y está muriendo. Cuando finalmente llega a la sala de cuidados
intensivos del Argerich Gustavo se sorprende al comprobar que el paciente entubado y
semiconsciente no es su padre, se ha cometido un grave error! José Luis Martínez no
es su padre sino el padre de Gustavo Alfredo Martínez, compañero de la escuela de
oficiales con el cual lo habrían confundido infinidad de veces en los tiempos de recluta.
Luego de superado el shock y meditando en su situación se acerca al médico
encargado de sala y le pregunta:
- ¿Dr. Cuanto tiempo de vida le queda al Sr. Martínez?
- No lo sé, tal vez algunas horas, llegaste en el momento justo- Responde el facultativo.
Gustavo que ha abandonado un campo de exterminio y muerte como lo es la guerra, se acerca desde su gran corazón y apretando fuertemente la mano izquierda de Pepe le dice dulcemente:
- Papá estoy aquí, he vuelto, no te preocupes...
José Luis se aferra a la mano de Gustavo. Sus ojos que parecían casi sin vida se abren con un luminoso fulgor de gratitud. Una leve sonrisa pone armonía y tranquilidad en la expresión del rostro. Finalmente fallece algunas horas después aquel 1 de Junio de 1982.
- No sé si José Luis supo que yo no era su hijo, lo que sí sé es que por esas horas, yo lo sentí mi padre…-
Esas fueron las palabras de Gustavo a Gustavo Alfredo ya de regreso en el campamento argentino, unos poco kilómetros al sur de Puerto Stanley. Palabras que se pronunciaron embargadas de emoción y se cortaron en un interminable y fuerte abrazo apagando el frio de una guerra a punto de concluir.