
“La caminata más larga comienza con el primer paso”, me recuerda mi archivo mental de dichos, y sé que hasta el caracol llegó al arca perserverando. Hasta el caracol!
Lo común a los guardabosques son los bosques, a los vendedores ambulantes las casa y a la mujer la femineidad. Esto es lo común a las mujeres.
Las mujeres son muchas y después de todo una mujer es, una mujer. Cuando son bebés calzan escarpines color rosa, a diferencia de sus hermanos que utilizada los celestes que ellas nunca querrían calzar.
Esta mujer, como toda niña, jugaba juegos con su hermano, como escupir las semillas de las mandarinas muy lejos en el fondo de su casa. Su casa era simplemente una casa. Ubicada entre otras casas, en un terreno de un barrio apretado entre otros terrenos. Frente ladrillo vista, fondo de pinos y césped. Allí vivía esta mujer, con otra mujer que era su madre. Porque las mujeres también pueden ser madres y siempre tiene una. Y las madres viven con los padres de sus hijos, que en este caso eran dos, un varón y una mujer.
Como toda mujer, festejó sus quince años de falda corta, fiesta larga y familia entera. De sus cumpleaños es el que más recuerda, o por lo menos del que más fotos se recuerdan.
Las mujeres se enamoran, y hasta que lo hacen sueñan con que lo harán. El tema es que casi siempre suelen hacerlo. Y esta se enamoró. Se casó. Tuvo hijos. O sea, hizo lo que todas suelen hacer.
Lo particular de esta mujer, es que la conozco particularmente. Hoy es su cumpleaños, porque hace años nació este mismo día, sí, este mismo día. La conozco desde adentro, y esto es literal pues estuve dentro de ella lo suficiente como para conocerla.
Hoy es su cumpleaños. Y pasan, pero no hay uno que pase sin que ella honre sus años. Ella honra la acumulación de tiempo que llamamos vida. Y ella tiene mucha vida, y mucha honra.
Así que sin más: Feliz cumple Má! Vamos por muchos más.Las páginas se niegan a ser escritas y se ajan de relecturas. Hoy es Sábado de tarde, las horas dicen poco, más bien recuerdan mucho. Antes de mi llegada, sus manos intercambian el control por el celular y el celular por el control. Uno y otro van y vienen en sus manos que se pausan para acariciar el apoya brazos de mimbre. Con sus movimientos dejan escuchar los quejidos del sillón chocolate. Abro la puerta y la encuentro débilmente alumbrada por la parpadeante claridad de la pantalla. En la penumbra me recibe prendiendo su sonrisa de mueca picara y disimulada.
Su sonrisa es hermosa. Sus manos también lo son. Con ellas tejía en otro tiempo. Tejió prendas y planes. Días y sueños. Platos y postres. Ama tejer, pues para tejer se necesita amar. Dos agujas, diseñador y modelo, compartir y quien comparta, todo en el tejido es múltiplo de dos. En el punto hay trama, en la trama forma y en el arte de crear, una persona que recibirá un regalo. En cada paso del proceso se niega la soledad.
Y hace un tiempo que con valentía ella enfrenta el estar sola. Y cuando atino a irme, y le tomo una mano, comienza a salir la charla que no podíamos escuchar mientras la TV hablaba. Y me doy cuenta que la tercera edad, debería ser de primera. Y tal vez lo es, cuando una abuela te hace entender que para llegar bien hasta allá, no es indispensable el estudio, el trabajo o el éxito profesional, pero sí lo es tener el corazón lleno. Tan lleno que sufra extrañando otros tiempos. Sufra y se vuelva a llenar de ellos cuando por medio del relato se re-crea en los oídos de un nieto y una familia que escucha.
(A mi abuela María)
Quisiera saber qué quiero y querer lo que sé.
Quisiera que fuera todo más fácil, o tal vez quiero todo y no es fácil.
Quisiera que el amor siempre fuera suficiente, y que baste el amor.
Quisiera dejar de sentir una intranquilizante tranquilidad.
Y vivo queriendo. Porque cuando dejo de querer muero sin morir y vivo sin vivir.
Bastaron 5 cuadras, 2 paradas y un 113.
Bastaron 3 miradas, 1 sonrisa y 100 rizos de oro. Yo me enamoré.
Ella pelaba su palito de la selva, primero el lado de arriba, luego el de abajo que ahora estaba arriba. Sus pequeños deditos y uñas no dejaban de tirar. Toda ella, intentaba despegar el papel con cara de concentrado esfuerzo.
Y me miraba, y nos mirábamos. Y yo sonreía y ella se avergonzaba. Y cuando se dio por vencida con el caramelo, suspiró profundamente y me miró.
Yo suspiré también, profundamente.
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Y la vida por esos tiempos era simple, y un viaje en colectivo de casa a la escuela bastaba para sacar el corazón de paseo.